Mirar lo visible: OSINT. Entre la inteligencia legítima y la vigilancia encubierta
El término OSINT -inteligencia de fuentes abiertas- sugiere, a primera vista, una práctica casi inocente. Información disponible públicamente, accesible sin intrusión, recopilada a partir de datos que, en muchos casos, los propios individuos o instituciones ponen en circulación. No hay hackeos, no hay escuchas, no hay puertas forzadas. Y, sin embargo, pocas herramientas contemporáneas concentran tantas posibilidades de conocimiento y, al mismo tiempo, tantos riesgos éticos. Porque cuando todo se vuelve observable, la cuestión no es qué puede verse, sino quién mira y con qué propósito.
Las fuentes abiertas siempre han existido. Archivos, registros públicos, prensa, informes especializados. Lo que ha cambiado es la densidad de datos y la facilidad para cruzarlos. La digitalización ha convertido rastros dispersos en mapas detallados de comportamiento. Una fotografía publicada sin intención, un comentario trivial, un dato administrativo y una mención en una red social pueden, combinados, ofrecer un retrato sorprendentemente preciso de una persona, de una empresa o de una organización. El OSINT no inventa información; revela patrones.
Para los Estados y las corporaciones, esta capacidad resulta enormemente atractiva. Permite anticipar riesgos, detectar amenazas incipientes, analizar entornos hostiles o evaluar reputaciones sin recurrir a métodos intrusivos. En el ámbito de la seguridad corporativa, el OSINT se emplea para vigilar movimientos de grupos activistas, detectar filtraciones, evaluar exposiciones públicas de directivos o identificar campañas de desinformación dirigidas. En el ámbito estatal, sirve para seguir conflictos, movimientos terroristas, estructuras criminales o procesos de radicalización. Todo ello, en teoría, dentro de la legalidad.
El problema es que la frontera entre análisis y vigilancia es tenue. El hecho de que un dato sea accesible no elimina su posible carácter sensible. La agregación masiva transforma información banal en conocimiento profundo. De ahí que el OSINT no sea simplemente una técnica, sino un poder. Un poder que permite observar sin ser visto, interpretar sin interacción y actuar sin dejar huella. Y como todo poder, requiere límites.
Uno de los riesgos más evidentes es la tentación de sustituir el análisis por la acumulación. El exceso de datos puede dar una falsa sensación de dominio. Se recopila todo lo disponible, se almacenan perfiles, se construyen gráficos, pero se pierde de vista el contexto. El OSINT mal utilizado no esclarece; confunde. Y, lo que es peor, puede llevar a decisiones erróneas basadas en correlaciones débiles o interpretaciones interesadas.
Otro peligro reside en la normalización de la vigilancia pasiva. Al no requerir intrusión técnica, el seguimiento constante de personas o colectivos mediante fuentes abiertas puede pasar desapercibido para quienes lo padecen. No hay aviso, no hay control judicial, no hay constancia de que alguien está siendo observado. El ciudadano sabe que expone información, pero no siempre comprende el alcance real de esa exposición. El resultado es asimétrico: quien observa acumula poder sin asumir responsabilidad visible.
Desde el punto de vista ético, el OSINT plantea algunos dilemas a los que no se suelen dar respuesta: ¿hasta qué punto es legítimo perfilar a un individuo a partir de sus huellas digitales?, ¿dónde termina la prevención y comienza la intromisión?, ¿es aceptable vigilar a colectivos enteros por lo que podrían llegar a hacer? Estas preguntas no tienen respuestas simples, pero ignorarlas conduce a prácticas que, aunque legales en apariencia, cuestionan principios fundamentales como la proporcionalidad o la presunción de inocencia.
La manipulación informativa es otro territorio donde el OSINT muestra su rostro más ambiguo. Las mismas técnicas que permiten detectar campañas de desinformación pueden emplearse para diseñarlas con mayor precisión. Conocer narrativas, influencias, nodos de difusión y vulnerabilidades emocionales convierte al analista en estratega del relato. La distancia entre observar y modelar es corta. Y cuando se cruza, la inteligencia se transforma en ingeniería social.
En el ámbito corporativo, esta frontera se manifiesta con especial claridad. Empresas que vigilan su reputación pueden verse tentadas a monitorizar empleados, clientes o críticos con un nivel de detalle que desborda lo razonable. Lo hacen amparadas en la lógica preventiva: evitar fugas, anticipar conflictos, proteger activos. Pero cuando la vigilancia se orienta hacia la disuasión o el control del disenso, deja de ser protección para convertirse en presión.
Los Estados, por su parte, suelen justificar el uso intensivo del OSINT en nombre de la seguridad nacional. Y en ciertos contextos, la justificación es sólida. Identificar amenazas reales sin recurrir a métodos coercitivos es preferible a hacerlo al revés. El problema surge cuando la excepcionalidad se convierte en norma y los instrumentos creados para situaciones de riesgo se aplican de manera rutinaria. Entonces, el OSINT deja de ser una herramienta de inteligencia para convertirse en un sistema de observación permanente.
A ello se añade la cuestión de la fiabilidad. Las fuentes abiertas no están verificadas por definición. Contienen errores, falsificaciones, ironía mal interpretada, identidades simuladas. El analista debe distinguir entre señal y ruido, tarea cada vez más difícil en nuestro saturado entorno. Cuando esta distinción falla -y falla con frecuencia-, se generan perfiles inexactos que pueden afectar a personas reales. La injusticia, en estos casos, no nace de la malicia, sino de la pereza analítica o de la presión por obtener resultados.
Frente a estos riesgos, la solución no pasa por renunciar al OSINT. Sería tanto como cerrar los ojos en una habitación iluminada. Lo sensato es establecer marcos claros de uso, formación exigente y supervisión real. El OSINT no es una técnica para aficionados ni un atajo barato hacia la inteligencia. Requiere disciplina, criterio y una comprensión profunda de sus límites.
También exige un debate público honesto. La ciudadanía debe entender que la información que comparte no se disuelve en el espacio digital, sino que puede ser observada, analizada y utilizada. Al mismo tiempo, los poderes públicos y las corporaciones deben rendir cuentas sobre cómo emplean estas herramientas y con qué salvaguardas. La transparencia, incluso parcial, es un antídoto contra el abuso.
En última instancia, el debate sobre el OSINT es un debate sobre la naturaleza del poder en sociedades abiertas. Nunca fue tan fácil saber tanto sin preguntar. Nunca fue tan difícil justificar por qué se mira. Entre la utilidad legítima y la vigilancia encubierta hay una franja estrecha que solo puede mantenerse si se respeta una ética del límite.
Mirar lo visible no es un problema. Convertirlo en un instrumento de control silencioso, sí. De cómo se gestione esa frontera dependerá que el OSINT siga siendo una herramienta al servicio de la seguridad o termine convirtiéndose en una forma sofisticada de injusticia amparada en una apariencia de legalidad.




