La promesa del control ha acompañado a la tecnología desde sus orígenes. Más datos, más capacidad de cálculo, más automatización. La idea subyacente es sencilla: si todo puede medirse, todo puede gestionarse.
En el ámbito digital, esta promesa se ha convertido en un axioma raramente cuestionado.
Sin embargo, cuanto más complejos son los sistemas, más evidente resulta que el control absoluto es, en gran medida, una ilusión.
Las organizaciones despliegan capas sucesivas de herramientas destinadas a vigilar, detectar y corregir. Paneles de control, indicadores, alertas en tiempo real. La sensación de control, de dominio, aumenta, pero también lo hace la dependencia de esos mismos mecanismos. El sistema parece bajo control mientras los indicadores se mantienen estables.
Pero, cuando algo se sale del guion, la sorpresa es mayor precisamente porque la confianza en el sistema era muy alta.
Esta ilusión de control se refuerza mediante el lenguaje.
Se habla de visibilidad total, de control integral, de gestión centralizada. Expresiones que sugieren un dominio casi físico sobre entornos que, en realidad, son dinámicos, distribuidos y en buena medida imprevisibles. O sea, que el control se presenta como un estado que se alcanza, no como un equilibrio frágil que requiere ajustes constantes.
La automatización juega aquí un papel ambivalente. Porque, por un lado, reduce la carga humana y permite gestionar volúmenes de información imposibles de abordar manualmente. Pero, por otro, introduce nuevas opacidades. Los sistemas automatizados toman decisiones basadas en reglas y modelos que no siempre son transparentes para quienes los supervisan. El operador confía en el resultado sin comprender del todo el proceso.
Esta es, por tanto, una confianza delegada; y tiene consecuencias.
Entre ellas, que cuando el sistema falla, la capacidad de intervención humana se ve limitada por esa falta de comprensión y por la velocidad a la que se producen los eventos. El control, que parecía sólido, se revela de pronto como dependiente de mecanismos que pocos entienden en profundidad. Y así la ilusión de control se rompe abruptamente.
Existe además una tendencia a confundir control con acumulación. Más registros, más históricos, más correlaciones. Sin embargo, la cantidad de información no garantiza una mejor comprensión. Al contrario, en muchos casos puede generar ruido, falsas alarmas y una sensación de saturación que dificulta la toma de decisiones. Es decir, que el exceso de datos no siempre se traduce en conocimiento.
Más cosas: la ilusión del control digital también tiene una dimensión organizativa. La centralización de decisiones nos promete ¿verdad? coherencia y eficiencia, pero ¡ojo! porque también puede reducir la capacidad de respuesta local. Vamos a decir una obviedad: los sistemas se diseñan para escenarios previstos, no para la improvisación. Por lo que cuando ocurre algo inesperado, la rigidez se convierte en un obstáculo. En conclusión: el control centralizado no siempre equivale a resiliencia.
Esta ilusión alimenta expectativas poco realistas. Porque asumimos que basta con invertir en la tecnología adecuada para eliminar el riesgo. De modo que la seguridad es concebida como un producto, y no como un proceso. A ver, esta visión es verdad que facilita la planificación presupuestaria, pero hay que tener mucho cuidado porque ignora la naturaleza cambiante del entorno digital.
Aceptar los límites del control no implica renunciar a gestionarlo. Debe implicar reconocer que los sistemas complejos no pueden gobernarse como máquinas simples. Requieren márgenes de autonomía, capacidad de adaptación y, sobre todo, una cultura que tolere la incertidumbre.
Por ello me parece que quizá el mayor peligro de esta ilusión del control digital sea la complacencia.
Cuando se cree que todo está bajo control, se deja de cuestionar, de ensayar escenarios adversos y de revisar supuestos básicos. La sorpresa, entonces, no proviene sólo del fallo, sino de haber olvidado que el control absoluto nunca estuvo realmente al alcance.
El reto no es controlar más, sino entender mejor. Sustituir esa obsesión por una supervisión total, cambiarla por una gestión consciente de límites, dependencias y riesgos. Porque el control, en el mundo digital, no es un destino. Es, en el mejor de los casos, un equilibrio provisional.




